miércoles, agosto 09, 2006

Ley de la ventaja comparativa

A los que somos lo suficientemente maduros como para no querer tener siempre razón, o ir por ahí luciendo pelito en pecho dialéctico, nos suele suceder que a veces tenemos que rendirnos ante los pesados que son todo lo contrario que nosotros. Esto es lo que me ha sucedido hoy a la hora del vermut con un energúmeno, un progre supersabidillo, cosmopolita de cafetín de jubilados que no ha pisado Madrid o cualquier ciudad que se precie de tal nombre, de esos que dan honor a la cruz de sonsonete que nos toca cargar en mi amada provincia ("Albacete, caga y vete"). En fin, para qué hablar.

El tipo en cuestión, cargo medio en una oficina provincial de una compañía de seguros, me ha espetado: "si sabes tanto de tantas cosas, ¿por qué no estás dirigiendo un banco en lugar de ser maestrillo de escuela?", y ha seguido esputando despropósitos sobre el Rolls Royce que todos los supuestos listillos como yo deberíamos tener. Me ha costado sobreponerme a su falta de respeto por mi profesión. Yo respeto mucho a todos los banqueros, con la excepción de Samaranch; asimismo, cualquier persona educada tiene, en general, un gran respeto por la tarea de los maestros (esto se nota cuando uno habla con padres de alumnos); incluso debo reconocer que respeto a algunos de los colegas progretas con que me toca cruzarme a diario.

En fin, tras sobreponerme, le he intentado explicar a la bestia qué es la ley de la ventaja comparativa, sin demasiado éxito. No es de sorprender, en el fondo. Pronunciada por primera vez por David Ricardo, es una de las leyes más profundas de la economía y por varias razones que no vienen al caso ha suscitado profunda suspacia entre grandes pensadores no economistas. Poco cabe esperar entonces de mi cerril amigo.

Esta ley es una versión elaborada del "Zapatero, a tus zapatos". ¿Por qué es más útil que Filipinas produzca chips en lugar de EEUU? La diferencia de costes explica sólo una parte de la ecuación ¿No harán los EEUU más chips, más fiables y más duraderos, chips que atraiga a consumidores más exigentes? Seguramente, pero la fuerza de trabajo de EEUU puede, racionalmente, obtener más beneficio produciendo trabajo intelectual (p.ej. software) u otras industrias especializadas (p.ej. armamentística, aeronáutica) que la balanza comercial puede intercambiar por chips con Filipinas (que tiene una menor o nula capacidad de producir software o armamento o aviones). Trasladémonos al terreno de las personas. ¿Por qué no me puedo dedicar yo al automovilismo? Sin duda, los corredores de Fórmula-1 ganan mucho más que los maestros. No cabe duda, podría ganar mucho dinero. ¿Pero tanto como Fernando Alonso? No, porque no soy tan bueno conduciendo: perdería carreras, me cargaría coches, haría perder dinero a mis patrocinadores. Es más, igual después de uno o dos años de ganar un buen sueldo terminarían despidiéndome. Entre tanto, España ha perdido un buen maestro. Y vice versa: seguro que Fernando Alonso sería un gran comunicador y un gran maestro, mejor que yo. Pero aún siendo mejor que yo, ¿generaría la misma utilidad que con sus capacidades como conductor de F-1? Sin lugar a dudas, no. Es mejor que yo me dedique a maestro, siendo sólo un poco peor que él, y que él se dedique a corredor, siendo muchísimo mejor que yo.

La incapacidad de comprender esta ley explica también en parte el fracaso de las economías planificadas (socialistas o socialdemócratas). Vámonos a la China de Mao. Mao ordena que todos los agricultores se pongan a fabricar acero con hornos caseros. Sin entrar en el mal que ello causa a la agricultura, el resultado final es eso: acero casero, de mala calidad, que no se puede usar en barcos, ni utillaje, ni nada de nada. Suponiendo que el acero no salga tan malo, sólo mediocre: ahora a Mao le sobra acero, y se lo quiere vender a Stalin. Pero Stalin le dice, "¿Estás chalado? Mis héroes stajanovistas de Magnitogorsk producen más y mejor acero que tú. Lo que sí que me iría bien es un poco de arroz. Volvimos a tener helada en los Urales y tengo a los héroes un poco flacos". Mao responde: "¡Qué casualidad! Mis campesinos también están un poco flacos. Como estaban fabricando acero, no han podido dedicarse completamente a sus cultivos y la producción de arroz ha sido la peor de la década." Stalin se atusa el bigote: "¿No tienes arroz?"

Si Mao y Stalin no fueran tan tontos, hubieran dejado que un mercado libre manejado por individuos libres hubiera canalizado la fuerza de trabajo y el capital intelectual por donde se pudiera maximizar beneficio para ambos en producción e intercambio. Dicho sea de paso, millones de individuos libres hubieran sobrevivido.

Ejemplo 2. Mao cree que los intelectuales son focos de subversión, de modo que cierra todas las facultades (excepto la de medicina, el muy hipocondríaco). Resulta que estos intelectuales son tan voluntariosos que producen hasta un poco más que el campesino común, que se contenta con su cuenco de arroz blanco diario. Mao se friega las manos: "¡qué exito! ¡qué éxito!" Corre a ver a Khruschev (Stalin ya se ha muerto) y le dice: "Mira, he recolocado a mis intelectuales en los campos y hemos producido arroz extra este año. Te doy mi excedente de arroz a cambio de que me envíes a unos cuantos ingenieros, arquitectos, aviadores, biólogos, mecánicos y taquimecanógrafas, que fuera de los campos de arroz el país está hecho un desastre." Khruschev se seca el sudor de la calva y dice "¿Todo esto me pides por un poco de arroz? Me parece que voy a llegar a un pequeño acuerdo con los perros capitalistas occidentales."

1 Comments:

Anonymous Florencia said...

si ajá... y todos muy contentos con la mierda del neoliberalismo/ liberalismo antes... hermosO lo suyo señor, pero yo soy de un país del tercer mundo.. o del cuarto o del quinto.. y la verdad que históricamente nos ha ido para la reverenda mierda.
Gracias
bye-bye
Flor-**:

2:34 p. m.  

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