viernes, julio 14, 2006

Guy Delisle: De prisiones e infiernos

A mí ese género llamado “noveno arte” por sus más acérrimos entusiastas no me entusiasma demasiado, pero debo agradecer a mi amigo el afrancesado que me conozca tan bien como para haberme hecho el favor de introducirme a los viajes del quebequés Guy Delisle.

Aunque lo tomé inicialmente para pulir mi oxidadísimo francés, Pyongyang (que no es un cómic sino una “novela gráfica” según mi amigo) me ha hipnotizado en cuestión de segundos. Su protagonista, el propio Delisle, trabaja para un estudio francés que exporta sus labores de animación gráfica a países comunistas (me he carcajeado mucho con la ironía de lo mucho que esos hipocritones se sirven del outsourcing). Delisle se traslada a Pyongyang para supervisar los trabajos. Su trazo grueso y su renuncia al color de Delisle recrean a la perfección el tedio, la anomia insulsa de la ciudad-prisión. A lo largo de su periplo, Delisle se cruza (o lo cruzan, ya que la libertad de movimiento es absolutamente imposible allí) con una serie de no-personajes carentes de toda iniciativa individual e ideas propias. La forma en que el autor retrata su contento mediocre con el sistema refleja fielmente el extremo hasta el cual el colectivismo arruina vidas, mentes y moralidades. Hay momentos de ironía deliciosa, como cuando el autor tabaletea sobre la mesa un manidísimo himno socialista de Bob Marley sin poder suscitar la más mínima emoción entre sus interlocutores coreanos (“la Corée du Nord n'est pas très reggae”). Pero ante el tenaz laconismo de su antagonista, el capitán Sin, no le queda al autor otra arma que el sarcasmo y la sal gorda.

Guy Delisle no olvida apuntar numerosas impresiones personales sobre el tenaz régimen de la siniestra familia Kim, y resulta conmovedor el retrato de la lucha interior de muchos occidentales que se encuentran forzados por su trabajo a vivir en ese infierno. En fin, Pyongyang debería ser lectura obligada para todo liberal, y podría resultarles muy terapéutica a muchos socialdemócratas.

Parece que Delisle intentó repetir su jugada maestra con Shenzen, que recomiendo dubitativamente. Shenzen intenta ser un estudio gráfico de la soledad y el aburrimiento, y me llama la atención cómo Delisle patologiza la experiencia de la ciudad-infierno particular de Deng, análoga a un dolor de muelas. Creo que esta “novela gráfica” (siempre según mi amigo: para mí es un cómic) se aproxima a la bestia comunista que se esconde detrás del “milagro” de Shenzen, donde prima el gregarismo automatizado y cobarde de la acción colectiva y, en cuestiones de creatividad e ideas, rige la ley del mínimo esfuerzo. Creo que si Delisle hubiera enfatizado más la comparación de Shenzen con Hong Kong, le habría salido un producto redondo. De todas maneras, leer esta “continuación” tampoco representará una pérdida de tiempo.

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