martes, septiembre 05, 2006

Mira que está lejos Japón

Anteayer la selección española de baloncesto ganó el Mundial en no-presencia de ningún miembro de la Familia Real española. Ni un solo miembro se desplazó a Japón. Ni uno. Las vacaciones no se les habían terminado, supongo. Y nadie ha levantado la voz contra semejante vergüenza.

A la hora de explicar el sempiterno fracaso de la selección de fútbol últimamente se menciona algo que le leí por primera vez a un extranjero afiliado al Barcelona, Cruyff. La idea es que como España no es una verdadera nación y se halla desunida, es imposible concitar la pasión por la camiseta que sí surge en otros sitios, empezando por Holanda, esa nación forjada en la lucha contra el Mar del Norte y el Duque de Alba. Por tanto Francia, por ejemplo, gana, mientras España pierde. La interesada bobada se revela en toda su estupidez cuando se observa de qué manera las selecciones de baloncesto, balonmano, hockey, etc sienten la camiseta, pasan los cortes que siempre pierde el fútbol y ganan medallas o al menos no fracasan. Coño, hasta los de waterpolo sienten la camiseta (o el gorrito). Y un tal Pau Gasol se enfrenta a su club para partirse la cara y el pie por su selección nacional. España no solamente existe, sino que es una, una, dicen y repiten una y otra vez estos jugadores. Y el fracaso del fútbol es el de unos mercenarios que van a lo suyo y tienen la cara pero no el inmenso talento de los mercenarios por antonomasia, los jugadores de Brasil. El fútbol fracasa porque esos futbolistas están corruptos como profesionales, no porque sean ciudadanos desencantados de no se qué y no sientan a España como propia. El problema del fútbol no es político. España es.

Y la Corona se ha callado como … durante los dos últimos años y medio. Se calló el 13-M, se calló cuando el Estatuto de Cataluña reventó España, se calló cuando se produjo la rendición ante ETA. Su silencio es completamente culpable, un pasarse por el forro el artículo 56 de la Constitución, que exige su arbitrio responsable de las instituciones. Callada siempre para beneficio de la izquierda, dejándola hacer todo lo que buenamente le conviene a cambio (en lo que es un pacto ya muy viejo) de que se le permita continuar con una larga serie de negocios turbios y productivos enchufismos, y se corra un manto de silencio prisaico sobre las corridas del Rey. Carlos de Inglaterra es un ser humano cobarde y cínico, pero al menos todo lo que hizo y dejó de hacer resultó de su debilidad y el amor. No se trata de la larga serie de deslices venéreos de S.A.R. en connivencia con la izquierda, para permitir que está destruya España a cambio de protección.

Una Corona rencorosa, además, que le niega un título a Aznar, a cuenta al parecer del “ninguneo” practicado por el PP y resentimiento por la boda en el Escorial. La izquierda tomatera y presuntamente republicana se regocija ante este desprecio, cuando habría de entender que lo que Aznar hizo fue darle a la presidencia de España el papel y la dignidad de que goza en las repúblicas. Hasta la medalla aquella, incluso si fuera cierta toda la manipulación progre, no era más que una forma de conceder prestigio no a un individuo, sino a un cargo. No obstante, la izquierda le ríe las gracias a quien se calla cuando les conviene y que se halla ausente por pura comodidad de un momento en el que la selección de baloncesto recuerda “la unidad del Estado”, de España misma. La Corona no es capaz de “asumir la más alta representación del Estado” en un momento de gloria mundial. Se me dirá que es poco y que exagero. Tal vez. Pero del análisis de un lunar “raro” se puede acabar sacando la existencia de un cáncer terminal.

A principios del siglo XVII la mayor queja, repetida hasta la nausea, de los catalanes era el absentismo real. Cataluña se hallaba infectada por el bandidaje, y los catalanes no hacían otra cosa que asaltarse, robarse y asesinarse entre sí… y les venía muy bien pedir ayuda a Madrid, aunque cuando Madrid les pidió un esfuerzo de solidaridad con el esfuerzo común (no otra cosa es la Unión de Armas) empezaron a cortar cabezas… “Els segadors” no hace más que recordar un instante de (típica) insolidaridad catalana. Pero bueno, no es hora de hablar de eso, sino de recordar un instante en el que se tuvo la dignidad de gritar contra el absentismo, el criminal pasotismo de una Corona inactiva entonces como ahora. Su ausencia ante el triunfo español en Japón es un detalle nimio, pero ya va siendo hora de empezar a cobrárselos.

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